ROCÍO MOLINA. ‘CUANDO LAS PIEDRAS VUELEN’
Las alas ya vuelan
S.C. Madrid, 27 de mayo de 2010
‘Cuando las piedras vuelen’.
Rocío Molina: baile y coreografía.
José Antonio Suárez ‘Cano’ y Juan
Cruz: guitarras. Rosario la Tremendita y Gema Caballero:
cante. Vanesa Coloma y Laura González: palmas. Carlos
Marquerie: dirección escénica, escenografía
e iluminación. Festival de Otoño en Primavera
2010. Teatros del Canal. Madrid, 27 a 30 de mayo de 2010

Rocío
Molina, 'Cuando las piedras vuelen'
(Foto Daniel
Muñoz) |
Nunca. Las piedras, ya se sabe, nunca van
a volar. Pero… para eso están las alas. Y es
justo de lo que está dotada Rocío
Molina, bailaora, artista. Son esas extremidades,
que a veces sólo transparentan y otras aletean con
rabia, que a veces vuelan con precisión y otras mariposean
caóticas, que a veces toman la corriente perfecta
y otras pesan mojadas, las que hacen de ella alguien especial.
Eso. Y lo demás, puede estar y/o sobrar.
La entente con Calos Marquerie puede ser
aire fresco para una artista en proceso de definir su discurso.
Un punto de vista externo del que, seguro, acabará
incorporando para sí, tal como ha hecho con otros
fuertes referentes que la asisten. Aunque aquí la
aportación es más estética que discursiva,
más de forma que de fondo. O eso parece. Y el uso
de la luz, de las cámaras cenitales, de los suelos
de metal, de las cajas de taconear, de cigarros, lencerías
deportivas, de lo hiperfísico, de lo hipersutil,
de piedras, de autocompilaciones, de frialdad, de romanticismo
y búhos vivos y búhos muertos y estrellas
que se acercan al suelo, es envoltorio. Simbólico.
Contemporáneo. Pero envoltorio. O eso parece.
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Rocío
Molina, 'Cuando las piedras vuelen'
(Fotos Daniel
Muñoz) |
La abstracta emoción llega sólo
a veces. Son sensaciones que salen de los hilos invisibles
que, a veces, unen el cante y la guitarra a la bailaora.
Y, no se sabe por qué, muchos de esos hilos no resisten
la tensión y se rompen. Quizás el trabajo
musical-coreográfico esté inconcluso o le
falte un paso más de valentía o de seguridad
para quedarse buceando en la enriquecedora fractura y obviar
estándares que aquí no acaban de encontrar
su sitio. O quizás es, simplemente, que lo que estamos
reseñando es un ensayo general.
Y aún así… las alas.
Rocío Molina las tiene de mariposa, de águila,
de búho, de chapa y hasta de tierra. Con ellas lucha
muy obviamente por ser un ser artístico especial,
único, propio. Y quizás sea esa una lucha
inútil, por cuanto, como todos los demás artistas,
es una artista-matrioska, y la unicidad sea, tan sólo
y tan tanto, admitir lo propio, lo ajeno, los estándares,
las rupturas, el miedo, el arrojo, la edad, el camino, lo
pasado, lo porvenir. Ella es única… y todas
sus alas.