Destacable
fue también la participación del guitarrista
jerezano Gerardo Núñez. Formando trío
con el contrabajista Pablo Martín y el percusionista
Cepillo, puso sobre la mesa esa otra manera suya de hacer
música con la sonanta. El concierto, compacto; la
ejecución, extremadamente fluida. Convence tanto
como persuade, con naturalidad, con elegancia, con argumentos
sólidos, tal como ocurre cuando se escuchan muchos
de esos temas en su último disco ‘Andando el
tiempo’. Entrega, sin aspavientos. Enjundia, sin saturación.
Esta guitarra está no sólo en cabeza, sino
a la vanguardia del panorama actual. Y experimentarla en
directo es una de esas asignaturas obligatorias no sólo
para los amantes del flamenco, sino de la buena música,
de esa que se afana en crear y en apelar tanto a la razón
como a los sentimientos.
Gerardo Nuñez
La parte cantaora de la noche correspondió
a Capullo de Jerez, que aquí en la capital tiene
una buena ‘peña’ de seguidores. Y es
normal, dada la idiosincrasia del artista. Es de esos pocos
indómitos que quedan, de los que hacen el cante -como
dice Agujetas- con faltas de ortografía. Lo lanza,
además, con todo el cuerpo, con toda la gesticulación
posible, haciendo del feísmo una virtud. Y por si
fuera poco, canta sus propias letras, lo cual es de agradecer.
Algunas son hasta comprometidas. De hecho, esa noche cantó
unos tangos que dedicaba a las víctimas del atentado
de Madrid del pasado 11 de marzo, cuyo estribillo se quedó,
seguro, al menos por un rato en la mente de todos: “Tenemos
que unirnos por la paz”.

EL Capullo de Jerez
Y también el baile.
El ciclo optó por dos veteranos de Madrid, ambos
curtidos en mil batallas, sobrantes de personalidad y de
maestría: La Tati y El Güito. Ella se hizo sola
la presentación, recitando su biografía entre
marcaje y marcaje: “Soy La Tati, bailaora de Madrid,
enamorada de luceros que acunan a Cascorro y herida, mil
veces herida por el rayo flamenco”. La voz rota enfatizó
el sentir negro de la seguiriya. Poco correspondida por
un desganado grupo (dos guitarras, violín, percusión
y cante) y un algo despistado equipo técnico, tuvo
que jugársela a una carta: la de su propio baile.
Y lo hizo dando toda la fuerza de la que dispone, toda la
entereza y toda la sabiduría que da la edad. Y el
público quedó prendado, sobre todo -por destacar
un momento-, con la farruca. Ejemplo de medida, halago a
la tradición. Con permiso, por poner una pega a las
Noches Flamencas en Sabatini o, mejor, por dar una sugerencia
para la próxima, decir que, como en el cante, se
le dé también la oportunidad a los jóvenes
bailaores de lucirse en estas agradables noches de flamenco
palaciego... sería la cuadratura del círculo.
La Tati