LA NEGACIÓN DEL ESTIGMA, Tomatito sexteto
Candela Olivo
Guitarra: José
Fernández Torres, Tomatito.
Cante: Antonio Carmona, El Ingueta.
Guitarra y mandola: Juan José Suárez, El Paquete.
Violín: Bernardo Parrilla.
Contrabajo: Javier Colina.
Percusión: Israel Suárez, El Piraña.
Baile y percusión: Joselito Fernández.
Teatro Lope de Vega.
Sevilla,
28 de mayo de 2001. 21.00 horas.

La
oscuridad del proscenio se rompe. La figura de José Fernández Torres
corta el aire espeso de prematura noche estival, guitarra en ristre. Sin mediar
más que un denso silencio, Tomate acuna, delicado, el instrumento. La madera
trae el eco blanco y recio de la cantera de Macael... Eco de taranta para dar
las buenas noches a una Sevilla que viene a compartir un sueño hecho son.
El
lamento se hace trino por alegrías. Tomate, patriarca, marca un rasgueo
seco para llamar al compás. Un palmeo tímido responde obediente,
susurrante, sobre el que se acomodan falsetas, sobre el que saltan movimientos
de masticable frescura. Se intuyen variaciones sobre aquel Ardila de Guitarra
Gitana, giros ojalá improvisados. A golpe de libertad y virtuosismo, empieza
a cuestionar el estigma. Ese que insiste en arredrar a Tomate de la posición
de solista y, por supuesta incapacidad, limitarlo al atrás. El teatro habla.
Y Tomate sonríe con una recién aparecida lunazul de luz a su espalda.
Siguiendo
la base de los doce tiempos, juguetea por bulerías. Palmas y cajón
se crecen. Se escapa algún corte jazzero. Hace hueco a los silencios previo
frenazo seco, previo corte brusco, previo golpe de efecto. La barrera entre el
patio de butacas y la tabla se inmaterializa. Y Tomate lo sabe... por eso regala
golosinas. El público las paladea y, desbordado de sabor, estalla.
La
agitación festera prosigue por tangos. Violín y contrabajo triplican
la cuerda. Tomate se echa atrás, en un alarde de humildad y versatilidad,
para dar sitio al cante verde pero jondito de El Ingueta. Sobre fondo de sangre,
por Las Grecas, queda dibujada el perfil de María la portuguesa, cuya belleza
exalta el intrépido arco de Bernardo Parrilla. Alta densidad musical y
sensitiva en unos escarpados lances de violín que merecen oles, pues más
flamenco no se puede sonar.
Una
voz quiebra lo denso del aire. Riqueni grita desde lo oscuro: "¡Tomate,
te quiero!". Y el que pasea por los castaños, responde con un ejercicio
de sobriedad e interiorización hecho minera. Para, acto seguido, emerger
por bulerías. Un autopopurrí, sólo arropado por palmas, que
ronea en el Dulce Manantial, pasa por Mundi, picotea en aquel cruce oceánico
que fue Spain... hasta desatar una marejada de encontradas sensaciones.
La
desembocadura viene a situarse allá por tierras porteñas. Trenzado
de cuerdas atado con percusión, para recrear el tango argentino de Luis
Salinas antes registrado con Michel Camilo. Vía libre a la personalidad
en una delicatessen destinada al fino paladar. Sin pisotones. Y si galácticos
son los raspados de Colina, competentes en flamenquería son los picados
de Parrilla. Derroche de tensión contenida y desparramada de contrabajo
a violín, de violín a guitarra. Parrilla se desorbita. "¡Eres
un monstruo, eres especial!".
  
Relajo
por soleares. Tomate fija el compás para lucimiento de Colina, que gesta
abismos sobre su agigantado instrumento. Rasga, acaricia, desmaya butacas. Se
incorpora Parrilla y, sigiloso, un compás suavito como para no molestar.
Alante el cante finojondo. Alante el baile de Joselito Fernández, tan suyo,
tan base, tan de silencio. Y Tomate, de fondo.
El
toque de queda llega tan modesto, tan inasible, que el teatro cimbrea sus doradas
chorreras. La Vacilona lo amansa... sin el tumbao sonero de Michel Camilo, sin
George Benson, pero con Tomatito Sexteto, que hace una versión acuática,
más rítmica, más chulesca. Del tembleque al silencio. Del
diálogo, los monólogos (turno de Piraña) y la complicidad.
Vale jugar. Pero el respetable estima que aún el coito sería interruptus...
segundo bis por bulerías añejas a cuyo compás todos contribuyen
aureolados en rojo. Gracietas por pataítas de uno y de otro. Tomate sonríe...
vuelta de paseo.
Candela
Olivo
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