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La Caña Nº3
Artículo publicado en el Nº3 de la revista "La Caña".
El Güito.
Manuela Carrasco.
Foto: Paco Manzano
Carmen Cortés.
Foto: Paco Manzano
Blanca del Rey.
Foto: Vicente Escudero, Pastora Imperio y Antonia Mercé La Argentina
Vicente Escudero.
Foto: Colita
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Escrito
por MANUEL MERIDA.
Las formas primitivas del flamenco datan aproximadamente de la mitad del siglo
dieciocho. No obstante, no se puede hablar de baile flamenco tal como hoy lo conocemos,
ya que se entremezclan los bailes populares, los flamencos y la escuela bolera.
Con el tiempo, se irá imponiendo el flamenco, enriqueciéndose con los otros géneros
en una época de gran esplendor para el baile andaluz. En Andalucía se bailaba
a todas horas, en cualquier lugar y por cualquier motivo.
Profesionalmente, el baile flamenco se consolida en las fiestas organizadas
por las academias de baile sevillanas y en algunos enclaves típicos como las cuevas
granadinas del Sacromonte.
La mayor parte de esta información nos llega a través de las relaciones de
los viajeros extranjeros, (especialmente ingleses y franceses). Uno de los relatos
más interesantes nos lo proporciona Charles Davillier en su "Viaje por España",
publicado en 1862 con grabados de Gustavo Doré. En el Salón del Recreo, ubicado
en la calle sevillana de Tarifa, que dirige Luis Botella, tiene lugar una representación
de "baile del pais". La muestra ha comenzado a las 8.30 horas de la tarde. Amparo
Alvarez, La Campanera, estaba danzando el jaleo de Jerez al son de un pésimo violinista
ciego. Como la bailadora hubiera de pararse ante tal acompañamiento, Davillier
propone al ciego prestarle su instrumento a un aficionado que se ofrecía a reemplazarlo:
"pareció encantado de desembarazarse de su tarea y dimos el violín a Doré, quien
se puso a tocar el jaleo con una maravillosa inspiración". Nuestro gran artista
es sencillamente un violinista de primera categoría. La Campanera, electrizada
por el arco de Doré, se superó a si misma y acabó el jaleo ante el clamor de los
aplausos más entusiastas, de los que correspondían buena parte al violinista improvisado.
Será ya en los cafés cantantes, en el último tercio del siglo diecinueve y
comienzos del veinte, en donde el baile flamenco, al igual que la guitarra y el
cante, se configura y adquiere su personalidad "definitiva". Los profesionales
se ven obligados día a día a enfrentarse a un público y a competir con sus compañeros
por el aplauso. Se evoluciona mucho técnicamente. El hombre baila sobre todo de
pies (El Raspao, Antonio "El Pintor", Frasquillo, El Estampío) y aparece la bata
de cola en la mujer. Alguna baila vestida de hombre, como La Cuenca. Entre las
bailaoras más célebres se cuentan La Malena, La Macarrona, Gabriela Ortega, La
Quica; entre los bailaores, Antonio "el de Bilbao", El Viruta, Faíco, Joaquín
"el Feo".
Por los años diez el flamenco va teniendo presencia en el teatro. Actuaciones
de Pastora Imperio, La Argentina, La Argentinita, La Niña de los Peines, El Mochuelo
ofrecen su arte alternando con otras variedades o como fin de programación de
cinematógrafos y de teatros de comedia.
En la época de la ópera flamenca, el cante, el baile y la guitarra se incrustan
en las comedias de carácter casticista e incluso de tema flamenco. Por esos años
también, La Argentina forma compañía con Antonio el de Bilbao, y Faíco, haciendo
giras por toda América, presentándose en el teatro neoyorkino Maxime Elliot's
el año 1916, donde estrena la coreografía de Goyescas, de Enrique Granados.
Manuel de Falla compone en 1915 para Pastora Imperio "El Amor Brujo" con libreto
de Gregorio Martinez Sierra. Con esta obra se inicia el ballet flamenco, aunque
la primera compañía de Baile Español la forma La Argentina en 1929. Seis años
después La Argentina monta el primer Ballet enteramente flamenco con su versión
de "El Amor Brujo". Acompañaban a Antonia Mercé Vicente Escudero, Pastora Imperio
y Miguel de Molina como artistas más sobresalientes.
El mismo Vicente Escudero a la cabeza de su compañía se presenta en Nueva
York en 1932.
Encarnación López, "La Argentinita", creará estampas flamencas y folclóricas
que le colocarán en la más alta cima del baile español: El Café de Chinitas, Sevillanas
del siglo XVIII, Las calles de Cádiz, El romance de los pelegrinitos... Incorpora
a sus elencos a máximas figuras del momento: La Macarrona, La Malena, Ignacio
Espeleta, El Niño Gloria, Rafael Ortega, etcétera. Comprende asimismo la gran
importancia que para el ballet tiene la escenografía y encarga las decoraciones
a grandes artistas. Salvador Dalí, por ejemplo, realizó los decorados de "El Café
de Chinitas" que La Argentinita estrenó en Nueva York.
A la muerte de La Argentinita, ocurrida en Nueva York el año 1945, le sustituye
su hermana Pilar López, que cuenta con creaciones tan notables como "los bailes
de la caña", "los caracoles" y "los cabales". Desde los años treinta y por espacio
de tres décadas destaca la personalidad arrolladora de Carmen Amaya, una artista
inclasificable en tendencias o escuelas. Las giras constantes por Europa y América
y su participación en numerosas películas hacen de Carmen Amaya una bailaora considerada
internacionalmente. La pareja Antonio-Rosario sobresale tanto por sus coreografías
como por la ejecución de sus bailes, llegando a ser lo más representativo dentro
y fuera de España de nuestros bailes flamencos y clásicos españoles. A esta representatividad
la ayuda la permanencia del dúo en América por espacio de doce años, de las cuales
siete temporadas en Nueva York.
Alentado por Edgar Neville, director
de la pelicula "Duende y misterio del flamenco", Antonio crea para dicha cinta
el baile del martinete.
Otras grandes figuras del ballet son: Mariemma, José Greco, Alejandro Vega,
Rafael de Córdoba, Manolo Vargas y María Rosa.
Con el tiempo, esta fórmula se desgasta y el ballet decae; los directores
carecen de nuevas ideas y las coreografías repetitivas. Por eso, los bailarines
posteriores buscan la evolución proponiendo unos conceptos más teatrales que antes;
el espectáculo no es sólo ya baile, sino gesto, color, luz, coloquio.
Las grandes figuras de esta nueva etapa de danza-teatro son Antonio Gades
(Bodas de Sangre, Carmen), Mario Maya (Camelamos naquerar, Ay, jondo, Amargo,
El amor brujo) y José Granero (Medea, La Petenera).
Ultimamente Cristina Hoyos se independizó del grupo de Antonio Gades y con
su propio espectáculo, desnudo de trama argumental, compone un montaje admirable
aplaudido en templos de la danza como la Opera de Paris.
El nacimiento de los tablaos, en la segunda década de los 50, propuso una
nueva escuela de cante, toque, baile, en la que se irían fogueando, a lo largo
de la década siguiente, todos los aspirantes a un puesto de relieve.
Dentro de los profesionales del baile que allí se formaron, unos tomarían
el camino de incorporarse a las compañías de danza existentes o formar la suya
propia. Otros, en cambio, alternarán el tablao con los nuevos escenarios propuestos
por la flamencología imperante: los festivales. Del tablao y los concursos, que
entonces estaban muy prestigiados, se llegaba a los festivales, donde, si bien
el baile quedaba relegado a un segundo lugar después del cante, los nuevos valores
se daban a conocer al gran público.
En aquellos últimos años 60 el flamenco pasaba por una etapa neoclásica, como
bien la definiera el crítico Agustin Gómez. Se valoraba lo clásico, el arte rancio
y se huía del barroquismo y la innovación. Mandaba Antonio Mairena, quien poseía
desde 1962 la "Llave de Oro del Cante" obtenida en Córdoba. En este contexto cabe
situar el ascenso de Matilde Coral a la cúspide del baile. Su aire antiguo y candencioso;
su estilo flamenco incontaminado; su estampa a imagen y semejanza de Pastora Imperio;
sus brazos redondeados y su mantón casaban a las mil maravillas con la época.
En Córdoba ganaría dos premios (1965/1968), la Cátedra de Flamencología de Jerez
le otorga en 1970 otro premio nacional y Sevilla acabará entregándole la "Llave
de Oro del Baile". El paralelismo Antonio Mairena-Matilde Coral quedaba institucionalizado
por la flamencología. Existían por entonces figuras como las de El Mimbre -hermano
de Matilde Coral-, El Farruco, Rosa Durán, Curro Vélez, Rafael El Negro, Carmen
Mora, Loli Flores, La Tati, Manolete, La Chana, Mariquilla, Trini España, Los
Pelaos, Merche Esmeralda, Manuela Vargas, Regla Ortega, Carmen Montiel y algunos
ya mencionados, unos recién llegados, otros rematando su carrera... pero habría
de llegar un ciclón: una sevillana nacida en 1958 poseedora de un baile arrogante,
furioso, temperamental.
El empuje y poderío de Manuela Carrasco rompió con todo. Desde su espaldarazo
definitivo en 1973, el baile en los festivales andaluces se llamaba Manuela. La
importancia de su gran figura quedó plasmada en el número de seguidoras con que
contó y cuenta. La fuerza de sus pies y el brío de sus movimientos asombraron
al personal que, en su mayoría, la nombraron dueña y señora de los escenarios.
Con Manuela nos situamos en la actualidad. Una actualidad esplendorosa donde
conviven artistas de la línea más "ortodoxa", Pepa Montes, Milagros Mengibar,
El Güito, El Mistela, Angelita Vargas, La Tolea, Meme Reina, Concha Calero, La
Toná, Juan Ramirez, Inmaculada Aguilar, Ana Parrilla, Blanca del Rey, Pepito Vargas
o Ana María Bueno, bien distintos entre sí, puesto que cada uno mantiene su personalidad,
con artistas más innovadores y arriesgados entre los que destacan Antonio Canales,
Javier Barón, Carmen Cortés o Javier Latorre.
El futuro del baile está con ellos asegurado y la historia se continúa en
Juana Amaya, Joaquín Grilo, María Pagés, La Yerbabuena, Beatriz Martín, Lalo Tejada,
Joaquín Cortés, María del Mar Berlanga, Isabel Bayón. Escasean, eso sí, las compañías
de danza a la vieja usanza donde tantos y tantos maestros actuales encontraron
su camino. Falta el apoyo coherente de la administración.
Se necesita una programación que siempre dé cabida al baile. De no mejorar
las cosas el baile seguirá subiendo, pero en avión, en busca del contrato salvador
en el Japón.
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