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Quedaba una semana para cambiar de hemisferio, para
permutar el invierno de Madrid por el verano de Sudáfrica. Ajeno al
frío y a la lluvia que arreciaba sobre la capital española, Ángel
Muñoz remataba con su compañía el montaje 'Robándole
al alma' de cara a su estreno en Sttellenbosh en diciembre de 2003. El bailaor,
primera figura de la Compañía de María Pagés, tres
bailaoras -Inmaculada Ortega, Charo Espino y Maribel Espino- y unos cuantos músicos
-los guitarristas Jorge Rodríguez y Manuel Pérez; los cantaores
Miguel Ortega y José Ángel Carmona; y el percusionista Nacho López-
habían acampado en el barrio de Lavapiés, en una de las salas de
ensayo de El Horno. Y allí, con la pequeña Aroa como revoltoso y
único público, ajustaban el repertorio, una diversa muestra de baile,
cante y toque flamenco que paseaba por palos como las alegrías de Córdoba,
los tanguillos y tangos, el taranto, la seguiriya, los jaleos... El equipo trabajaba
intensamente a una para limar los detalles más intangibles: los cortes,
las esperas, los silencios. Una más que fluida comunicación entre
unos y otros, unida a un elevado nivel de exigencia, iba permitiendo que se desarrollara
la cuidada línea rítmica que hace de eje del espectáculo.
Que no hubiera público, ni escenario, ni vestuario no era un obstáculo
para que asomara arte, como se aprecia en el reportaje fotográfico de Daniel
Muñoz. Todos estaban dándose al cien por cien. 'Robándole
al alma' era ya entonces una criatura a punto de echar a andar.
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