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Teatro
de la Maestranza.
10 de Septiembre del 2000.
TAVORISMOS
(Y ANDAMIOS)

Se levantó
el telón del Teatro Maestranza para la Bienal con ‘Medea’, de Pilar Távora,
quien barajó textos de Eurípides y Séneca en el teatro más
lujosamente grande y operístico de la ciudad. Dos noches antes su padre
había utilizado otra Maestranza, la plaza de toros. Su hermana, Concha,
hacía de concienzuda voz desde la pantalla de vídeo que ocupaba
el epicentro de la puesta en escena, con tres niveles andamiados. Si al tavorismo,
de simetría y multitud, le sumas tragedia clásica y feminismo…

Amante del exceso
–cuestión de genes-, al cuarto de hora ya habían salido dos niños
y veinte tamborileros, ocho actores y una sola bailaora, la gran Juana Amaya,
y por supuesto los siete músicos, que no se despegaron de la silla durante
las dos horas de sufrido espectáculo. Y la voz de Medea en pantalla diciendo
que la mujer es la más desgraciada de las criaturas. ¿Se puede equilibrar
el dramatismo con la espectacularidad (es obra con precedentes: fue uno de los
mayores éxitos del BNE, con Manolo Sanlúcar) aunque sea de
agradecer la experimentación? Pilar Távora era respaldada por la
garantía de contar con buenos artistas flamencos.

Un lujo de "patrás",
que en este caso "parriba", ya que los músicos se situaban en
una segunda planta. Entre ellos, tres de los mejores cantaores jóvenes:
cuando Fernando Terremoto, por ejemplo, canta por seguiriyas "Creonte se
acerca con su decisión" hasta lo hace creíble: que les echen
cualquier cosa; hay un esforzado trabajo de adaptación de textos a los
palos (aunque Rafalito diga "Medea" en vez de "Gabriela" en
la taranta) y los engarces con la tinaja de El Pájaro. Manejaron con espíritu
competitivo una baraja desahogada desde el polo inicial y en un momento dado se
suceden caña, ritmo de tangos y taranta. Entre lo mejor de la obra flotaban
retales tan lujosos como las cabales de Terremoto inmediatamente después
de que Rafael cantara por fandangos, la soleá por bulería de David
Lagos y la saeta de Macarena. Al final, las cuatro voces acaban enredándose
por quejíos de tonás.

Alejandro Granados
añade a su recortada forma bulearera el baile de la desesperación
por tonás tras matar a sus hijos. Y Juana Amaya, que comenzaba a bailar
ante seis miradas griegas con sus espejos, escucha gritar a Concha-voz desde la
pantalla ("¡Medea no quedará en ridículo!") antes de que
Juana baile por bulerías entre columnas griegas. Había fuerza gitana
más que matiz helénico, hecho destacable: el flamenco muy por encima
del factor teatral, la mítica excusa. Sí, Medea y Jasón gitanos
bailan el diálogo de su pantalla (redundancia) y se lanzan salvajemente
por bulerías temperamentales. ¿Peligro de pastiche? Una frase pone punto
final: "No hay dioses".

Luis Clemente
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