Teatro
Central.
Miércoles
13 de Septiembre.
Trilogía:
Rafael Campallo, Torombo y Andrés Marín.
ESBOZOS ANIMADOS
DE AYER Y HOY

Torombo
El desplante.
El quiebro que no llega a rematar del todo, el pellizquito que deja la insinuación.
Si Rafael Campallo, equilibrado y limpio, encarna el presente de esta ‘Trilogía…
(Pasado, presente y futuro)’, el baile goza de buena salud hoy. Y eso que en flamenco
todo es tráfico, todo es tributo. Tributo al tiempo en trilogía:
con ellos tres el tiempo intentó no ser usurero del flamenco.
Entran los
tres arrastrando sus sillas, se turnan en ligeras pataítas anticipando
modales tan diferentes y bosquejan un remolino dejando en medio un mismo aliento
de baile. Tres en uno. Pero soplaban vientos desiguales para estos sevillanos
de contrastes durante la primera cita de la Bienal en el Teatro Central, el más
moderno de la ciudad. Mientras, también con aforo completo, Sara
Baras se hacía
‘Juana la loca’ por segunda vez en el Maestranza.

Tras una ronda
de martinetes de los cantaores Pepe de Pura y David Lagos aparece Andrés
Marín en soleá por bulería con violín, pantalón
de cuero y camiseta negra sin mangas: era el baile estilosamente macarra, moderno
sin llegar al plexiglás (no, vanguardista no) con taconeo escaso y muy
marcado por el buen Canito a la guitarra, cuyos trucos favorecieron aplaudidas
paradas del bailaor.
Se puso farruco,
con sus brazos en alto ("baila por soleá como bailan los gitanos porque
tú sabes bailar", le canta María Vizarraga levantándose
a su lado): Torombo sabe captar la arrogancia del baile gitano y su imagen (va
de discípulo de Farruco,
con el sombrero en el suelo.
Y las alegrías
de Campallo. Él solo. En la Bienal del 94 bailó con María
Pagés, en la del 96 con Manuel Soler y Manuela Carrasco
y después dio
un paso a dos con José Antonio y apareció entre el grupo de Vicente
Amigo. Su joven elegancia, sin tener que poner la vista en el maestro del esbozo,
Israel Galván,
subraya con escobilla sensibles señales de ruptura, a sus 26 años,
del clasicismo sevillano.
Es de cita
obligada el cantaor jerezano David Lagos (también intervino en ‘Medea’),
quien se luce en las bulerías finales. Anunciados en principio cuatro músicos
más, hasta tres guitarristas, tres cantaores y una percusión intervinieron
en los momentos abandolaos que siguieron a dos malagueñas. Cuando se llega
a los 70 minutos, el espectáculo, que tiene el futuro asegurado, regresa
al pasado: como al comienzo, remolino de pataítas, túnel del tiempo.
Luis
Clemente
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