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Eva La Yerbabuena
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12 de Mayo. Teatro Villamarta. Jerez.

Eva La Yerbabuena
Tuétano y metáfora

Eva la Yerbabuena representó la primera obra de su compañía con ligeras variantes, el apoyo de Javier Latorre y la entrega del público

Con su baile de curvas junto a la gramola, sin aristas, comenzaba "Eva", tal como la estrenara en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla (1998). Sus vaivenes. Las variaciones aparecen con los cantaores bajo foco vertical y este orden por tonás: Enrique Soto, Segundo Falcón y Arcángel.

Se hace la luz para los músicos por bulerías con saxo soprano y tras tres bailaores brota una curvidad fosforescente: es Eva, iluminado su arqueo hacia atrás, crisálida de impoluta bata de cola enroscada, ascendiendo por granaínas de la "Torre de la Vela" en su metamorfosis lánguida y pulimentada. No deja escuchar ni una vez el tacón, sólo el roce de la bata tras vuelta y vuelta. Blanca noria acaricia.

De negro aparece Javier Latorre tras los bocetos móviles que ella le ha dibujado para la soleá, sobre los que él aplica su distinguida autoridad y destreza. Tras él, aceleramiento y desaceleración de seguiriyas y bulerías con las dos bailaoras y tres bailaores, de los que resulta llamativo el nervio de Eduardo Lozano.

Eva en un baile quedó sin sonido hasta que la roza por soleá su guitarrista y marido (y autor de la música, Paco Jarana), evoluciona a cámara lentísima para después sorprenderte con cinco posturas por segundo. El público se le echa encima en esos arrebatos terminales. La soleá sube con los jaleos de tres cantaores buenos poniendo tres voces complementarias y diferentes: Enrique, el mayor de los cuatro hermanos Sordera (el único que no ha figurado en el Festival ha sido Sorderita); Segundo, tantas veces primero; y Arcángel, poniendo la voz alta, desquitándose, más cómodo que en su actuación de la mezquita.

Hipnotismo. Fascinante seguir a Javier y Eva, por una vez, en sus evoluciones paralelas; él lleva el estilo de ella que, tentada, lleva estilo de él, y juntos llevan algo de eso que Lorca dijo del duende, "tuétano de formas". Se prepara el final por largos tangos, primero ellos, y se suman tres mujeres, una de ellas Eva, que se lanza. No lleva el compás; lo crea y arrastra; los músicos por detrás. De nuevo el silencio, el chasquido de la gramola, la guitarra, sus circunvalaciones, los repentes… sucumbe en el asiento, tras tanta magia con precisión. Eva, favorita de extranjeros, enardeció Jerez.

Luis Clemente

 
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