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de Mayo. Teatro Villamarta. Jerez.
Eva La Yerbabuena
Tuétano y metáfora

Eva la
Yerbabuena representó la primera obra de su compañía con
ligeras variantes, el apoyo de Javier Latorre y la entrega del público

Con su baile de
curvas junto a la gramola, sin aristas, comenzaba "Eva", tal como la
estrenara en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla (1998). Sus vaivenes. Las
variaciones aparecen con los cantaores bajo foco vertical y este orden por tonás:
Enrique Soto, Segundo Falcón y Arcángel.

Se hace la luz
para los músicos por bulerías con saxo soprano y tras tres bailaores
brota una curvidad fosforescente: es Eva, iluminado su arqueo hacia atrás,
crisálida de impoluta bata de cola enroscada, ascendiendo por granaínas
de la "Torre de la Vela" en su metamorfosis lánguida y pulimentada.
No deja escuchar ni una vez el tacón, sólo el roce de la bata tras
vuelta y vuelta. Blanca noria acaricia.

De negro aparece
Javier Latorre tras los bocetos móviles que ella le ha dibujado para la
soleá, sobre los que él aplica su distinguida autoridad y destreza.
Tras él, aceleramiento y desaceleración de seguiriyas y bulerías
con las dos bailaoras y tres bailaores, de los que resulta llamativo el nervio
de Eduardo Lozano.

Eva en un baile
quedó sin sonido hasta que la roza por soleá su guitarrista y marido
(y autor de la música, Paco Jarana), evoluciona a cámara lentísima
para después sorprenderte con cinco posturas por segundo. El público
se le echa encima en esos arrebatos terminales. La soleá sube con los jaleos
de tres cantaores buenos poniendo tres voces complementarias y diferentes: Enrique,
el mayor de los cuatro hermanos Sordera (el único que no ha figurado en
el Festival ha sido Sorderita); Segundo, tantas veces primero; y Arcángel,
poniendo la voz alta, desquitándose, más cómodo que en su
actuación de la mezquita.

Hipnotismo. Fascinante
seguir a Javier y Eva, por una vez, en sus evoluciones paralelas; él lleva
el estilo de ella que, tentada, lleva estilo de él, y juntos llevan algo
de eso que Lorca dijo del duende, "tuétano de formas". Se prepara
el final por largos tangos, primero ellos, y se suman tres mujeres, una de ellas
Eva, que se lanza. No lleva el compás; lo crea y arrastra; los músicos
por detrás. De nuevo el silencio, el chasquido de la gramola, la guitarra,
sus circunvalaciones, los repentes… sucumbe en el asiento, tras tanta magia con
precisión. Eva, favorita de extranjeros, enardeció Jerez.
Luis Clemente
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