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El Paraíso Perdido
por Antonio Canales
La vida en la tierra comenzó en los mares y océanos. Nuestra
vida personal también empieza en las aguas primordiales del claustro materno
y allí experimentamos el primer sentimiento de unidad con la Totalidad,
pues para el feto su madre es el universo entero.
Todo nacimiento tiene algo de traumático y es algo así como la
expulsión del Paraíso. A nivel de psicología profunda, el
planeta Neptuno simboliza nuestro anhelo y necesidad de retornar a ese Paraíso
Perdido, de experimentar de nuevo la Totalidad de donde venimos, de disolver los
límites que nos pone nuestro Yo para poder sentir y experimentar la UNIDAD
CON LA VIDA.
El planeta Neptuno, junto a la Luna y Venus, son las energías o poderes
del ánima o alma femenina que todos llevamos dentro, seamos hombres o mujeres...
Esa parte de nuestro ser que desea relacionarse, fundirse y unirse a los demás.
Tendencia que Neptuno quiere llevar a sus últimas consecuencias.

Antonio Canales (Foto: Daniel Muñoz)
Esta tendencia de Neptuno -la de disolvernos o perdernos en algo superior-
está equilibrada con la del planeta Saturno -quien precisamente quiere
separarnos y diferenciarnos de todos los demás-. En los viejos mitos Neptuno
y Saturno no se llevaban precisamente bien, como es lógico suponer.
Saturno -el devorador de sus hijos-, quien representa las estructuras y defensas
de nuestro Yo, se traga a Neptuno en cuanto nace, pues tiene miedo de su poder
y lo que representa. De hecho, muchas personas donde Saturno -lo real, lo racional
y lo individual es muy fuerte- pueden sentir mucho miedo y recelos ante los anhelos
de Neptuno, queriendo conectarnos con la totalidad de la vida. Entonces se tragan
o devoran esta necesidad haciéndola inconsciente.
Si eso sucede, si no damos un mínimo margen a las energías de
Neptuno que todos tenemos, pues representa un principio universal, esa fuerza
tarde o temprano tenderá a manifestarse de una forma negativa.
Cuando en los mitos Poseidón se enfurecía, provocaba grandes
tempestades, maremotos, sequías y, sobre todo, inundaciones. Lo mismo puede
sucedernos si reprimimos en exceso nuestra energía emocional: podemos pasar
por una sequía de creatividad, ideas e inspiración, y también
podemos ser inundados por nuestras emociones descontroladas y compulsivas, que
irrumpen desde las profundidades del inconsciente.
Si justamente hacemos lo contrario. Si Neptuno -nuestros deseos de fusión
y unidad- dominan totalmente a Saturno -las estructuras y defensas de nuestro
Yo- careceremos de la más mínima fuerza y voluntad para imponernos
en la vida. Es necesario y positivo que dejemos a Neptuno un margen de libertad
y seamos conscientes de esa voz suya que vive en todos nosotros.
La forma más positiva y armoniosa de darle un sentido es a través
de la meditación, la fe en algún ideal, la creatividad artística
y la entrega realmente generosa a alguna persona, causa o vocación. En
todas esas facetas podemos experimentar que siendo seres individuales y separados
de los demás -Saturno- también estamos unidos a la Totalidad -Neptuno-.
Las formas negativas o más conflictivas de experimentar la llamada de
Neptuno tienen que ver con todas las dependencias en que podemos caer que anulan
total o parcialmente nuestra identidad y voluntad personal, como el abuso y la
dependencia de las drogas, el caer en manos de sectas destructivas y la entrega
compulsiva y desaforada a toda clase de pasiones.
Cuando nos dejamos llevar por la energía de Neptuno tendemos a ilusionarnos
con cosas y personas, a ser soñadores, místicos, visionarios, románticos
e imaginativos. Básicamente, pretendemos encontrar el cielo en la tierra
y, como es natural, tarde o temprano nos sentiremos profundamente decepcionados,
heridos y hasta amargados. Nos sentiremos víctimas y culparemos al mundo
y los demás por no ser lo maravillosos que esperábamos.
Esta tendencia al victimismo, a ilusionarnos y desilusionarnos continuamente,
a buscar incluso alguien que nos redima y nos salve, o tratar nosotros de ser
los salvadores, son etapas lógicas en el camino de la evolución,
en la toma de conciencia y el dominio de las energías de Neptuno. Podemos
seguir en esa rueda sin fin hasta comprender que si no podemos conseguir fuera
nuestros anhelos debemos buscarlos primero dentro y cuando descubrimos que el
gozo y la plenitud que buscamos fuera vive en realidad en nuestro interior, es
cuando habremos llegado a ese palacio que hay en lo profundo de nuestro mar emocional
y experimentar nuestra auténtica fuerza interior porque el poder del cosmos,
de la totalidad de la vida será también nuestro.
Neptuno nos invita a fusionarnos con la totalidad de la vida y su unidad primigenia,
nos invita a descubrir que la divinidad o lo divino está presente en todo
y, por supuesto, también en nuestro interior. Ahí es donde debemos
encontrarla.
En el principio (dedicado al agua)
Adormecido estaba el grano de mostaza... soñando y adormecido. Remansado
en la cresta del primer ocaso, dormía placidamente sobre los horizontes
inundados de luz; inmerso bajo un manto de cristal helado, suspiraba...
La Tierra era un espejo aun huérfano de imágenes, proyectando
una cándida y suave gelidez en el infinito. Fue crispándose el ocaso
lentamente... y se desbordó la vida. Reventaron las venas, las arterias
y las vísceras del Poseidón, se derramaron a borbotones entre los
dedos de Vulcano; rebosando los valles y los campos con su sabia. Comenzó
el gran ritual: los ciclos, las estaciones, el amor, el nacimiento... Y, de esta
forma, el circulo eterno inició su pesada y bucólica rueda.
Fueron poseyéndose uno a otro, durante unas frenéticas y embrujadoras
Danzas, imparables, vitales... sangrientas. Las heridas de aquellas luchas son
los brotes del alma... sangre de la tierra, espíritu y aliento; las sustancias
mas preciadas. Sin ello, todo sería inerte... no tendría sentido.
El AGUA... nos ciega con su resplandor.
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