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FESTIVAL DE VERANO 2002. FLAMENCO.
TEATRO REAL DE MADRID
Bautismo regio para el arte jondo
Silvia Calado Olivo. Madrid, 26 de julio de 2002
Fotos: © Javier del Real
Lo nuevo. Lo veterano. Lo enraizado. Lo presente. Lo porvenir. Todo ello
fue salpicando desde el proscenio del regio escenario durante la semana que, en
pleno estío, el flamenco ha copado, entre los días 19 y 25 de julio,
un tercio del cartel del Festival de Verano 2002 del Teatro Real de Madrid. Todo
un hito, por cierto, el hecho de integrar este género en la programación
del palacio de la ópera madrileño. Y todo un reto para los artistas
flamencos incluidos en este extraordinario festival. Un reto y algo más...
Si el guitarrista cordobés Vicente Amigo reconocía que había
estado una semana sin dormir, Arcángel decía a media voz que "el
teatro parece que se te viene encima". Sin embargo, echando mano de
profesionalidad y "corazón", todos supieron torear tan aparentemente
fiero astado. Aparentemente, porque el público, como dijo Diego el Cigala
era "perfecto"... quizás por respetuoso, por entregado, por comprensivo
y por llenar.

Vicente Amigo
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Arcángel |
Sobre las seis cuerdas de Vicente Amigo recayó la responsabilidad de
abrir veda. El guitarrista presentó un concierto compacto que supo ocupar
la relativa inmensidad del teatro tanto en solitario como respaldado por percusión,
bajo y voz, momentos estos en los que no alcanza a reproducir la calidad instrumental
de la grabación. El guitarrista se puso evocador, interior, jondo, virtuoso,
meloso y hasta rockero en un recital de estudiada estructura que enriquecían
los coros, el cante erizante de Blas de Córdoba y los remates de intensos
crescendos. Tras este preludio instrumental, una velada de cante por cante.
Arcángel, Miguel Poveda y La Susi. Savia nueva en los dos cantaores.
Veterana savia en la cantaora. Arcángel, flanqueado por las guitarras complementarias
Juan Carlos Romero y Francisco Cruzado, lejos de precisar calentamiento, arrancó
por tonos mineros derrochando conocimiento, pero con timidez. Personalizó
la tradición, tomó retales de su álbum debut, filigraneó,
se tornó trágico. Y fandangueó por Alosno para rematar. Miguel
Poveda, acompañado por Chicuelo, comenzó recogido también
por mineras, el cante afandangado, dado a la filigrana, el cante para adentro.
Con total dominio del escenario, más seguro que su predecesor, el cantaor
catalán se dio en seguiriyas, malagueñas -el "Viva Madrid que
es la Corte" chaconiano incluido-, cantiñas y remate por (también)
fandangos. Poveda dejó al público "en buenas manos" con
La Susi. La cantaora alicantina comenzó cantando a palo seco por tonás,
sin sentarse, envuelta en un mantón coral. Con claras intenciones de espantar
la etiqueta de festera, continuó por mineras y malagueñas rematadas
por verdiales, doblete de Juan Carlos Romero mediante. Pero sólo por un
ratito. La tantas veces apellidada camaronera, incorporó grupo de coros
y palmas para sentirse ancha por tangos y bulerías. Se creció, se
creció, se creció, llegando a abusar de la confianza del respetable.
El baile flamenco de gran formato llegó al Real de manos (y pies) de
Sara Baras. La bailaora gaditana venía envuelta en 'Sueños', montaje
estrenado hace tres años, para afrontar el desafío. El espectáculo,
lejos de presentarse madurado por el rodaje, resultó una muestra más
simple que sencilla tanto de baile como de trabajo coreográfico y de acompañamiento
musical. A pesar de ello, Sara Baras brindó momentos de gran belleza cuando
olvidó sus extremidades inferiores y optó por dar la oportunidad
de expresarse al resto de su cuerpo. Esos momentos y el incuestionable carisma
de la bailaora provocaron que el público aplaudiera hasta la saciedad,
sacándola incluso a saludar al foso cubierto de la sinfónica.

Sara Baras con José Serrano
'Noche Gitana' unía en sesión doble a Diego el Cigala y a Manuela
Carrasco en la velada de cierre del primer ciclo de flamenco del Teatro Real.
El cantaor se presentó a la antigua usanza, es decir, con el solo acompañamiento
de Niño Josele al toque. Como si de repente fuera miembro del sanedrín,
acometió el recital con hipnótica serenidad. El guaguancó
por bulerías, la seguiriya, la alegría, la malagueña, la
taranta, los tientos tangos, la bulería, los fandangos finales... todo
delicado, todo afinado, todo comedido, todo balsámico. Y la guitarra en
paralelo. Contrastando con esta actitud y desafiando la magnificencia del escenario,
Manuela Carrasco dio muestra de ortodoxia y fuerza, con el respaldo de un atrás
en el que destacaban nombres como el del guitarrista Joaquín Amador, su
hija Samara, debutante al cantebaile, el bailaor y rey del compás Bobote...
Armada de madurez, la veterana bailaora sevillana se situó en el extremo
opuesto a lo ofrecido por Sara Baras unas noches atrás, lo que contribuyó
a abrir aún más el abanico de propuestas flamencas del cartel. Con
buen sabor de boca generalizado, henchidos de orgullo los artistas flamencos y
el deseo de que el Teatro Real convierta en hábito programar flamenco,
concluyó un ciclo que, al menos contribuyó a aliviar las calorías
del estío capitalino.
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