|
Los que esperan un disco de guitarra, que no se lleven a engaño, Campo
del Príncipe es un disco atípico de cante y canciones aflamencadas.
El Tío Juan, que es amigo de sus amigos y, sobre todo, un peazo de aficionado
que sigue escuchando a las nuevas voces con la misma ilusión que lo hacía
cuando debutaba, ha querido reunir a veteranos y noveles alrededor de su toque.
Y tal reunión va desde el lirismo cansado por Levante
de un Juanito Valderrama octogenario con quien compartió fatiguitas, al
bronco eco malagueñero versión Mellizo de Rancapino anunciando el
final del cante gaditano; del clasicismo barroco de Enrique Morente por tientos,
pasando por el encaje de preciosismo melismático de su hija Estrella Morente
en una delicada vidalita, a la voz rotunda y clara de Miguel Poveda por tangos.
Va desde voces cantantes del llamado Nuevo Flamenco como El Negri o Juañares
en fandangos de Huelva o bulerías, hasta el llanto de su biznieta que preludia
la farruca, pasando por el anunciado Niño de Rancapino. De un vértice
a otro, casi un siglo de cante flamenco está reunido en esta segunda entrega
del patriarca de los Habichuela.
Y es lo que desconcierta: si no es de guitarra, tampoco
es de cante. ¿Qué tiene que ver El Negri con Valderrama o Estrella
Morente con Rancapino? Los contrastes son tan acusados entre versiones de cantes,
como lo son los arreglos. El disco contiene desde un apoyo orquestal de los setenta
tipo El Duende de Paco de Lucía o Sentimiento de
Manolo Sanlúcar en la zambra homenaje al Ovejilla y en el final de los
tientos; hasta la sobriedad del toque tradicional en la malagueña y la
taranta. También pasa por el sonido Ketama en estilos rítmicos con
coros flamenquitos en estribillos machacones; y por un extraño dúo
de bajo y guitarra entre Benavent y Juan Habichuela en una versión personal
de la farruca Punta y tacón de Sabicas. A la luz de todo ello,
es difícil entender hacia dónde ha querido ir a parar la producción
artística. En este disco se ve más bien el placer de Juan Habichuela
por seleccionar cantes y falsetas y reunirse, ensayar y grabar con sus amigos,
dejando hueco a sus hijos y sobrino para dar un diseño moderno y de la
casa al resultado final.
Donde más convence y donde más admiración
despierta Tío Juan es en el acompañamiento del cante clásico.
Cabe esperar ahora una buena antología de su toque, donde se recogiera
una selección de sus mejores trabajos desde que empezara con Farina o Caracol,
hasta la soleá que respalda en Zaguán de Miguel Poveda.
Toda una lección de buen hacer y de profesionalidad para los que aspiran
hoy a conocer el toque de acompañamiento.
revista@flamenco-world.com
|