Daniel
Casares es inquietísimo. Aún
está en los veintitantos y ya va por su
cuarto disco en solitario. ‘Caballero’
es el último, un trabajo en el que consolida
su pasión por la composición y el
concertismo. Propone una decena de toques, la
mayoría elaborados en el estudio con una
producción de lo más colorista y
enérgica. Aún modelando su propia
personalidad, no renuncia a las influencias que
en su música (y, de paso, en la de todos
los guitarristas de su generación) ejercen
maestros como Vicente Amigo, Paco de Lucía
o Manolo Sanlúcar. De ellos toma, sobre
todo, actitudes, pero también modos de
resolver compositiva, rítmica, melódica
y armónicamente. Y él conjuga todos
esos elementos a su manera, con unas brillantes
aptitudes técnicas y una manera de envolver
desprendida de complejos. Mano a mano con el productor
Manolo Toro, no ha escatimado en arreglos, tanto
instrumentales como vocales. Y ahí entran
interesantes colaboradores como el cantaor
Pitingo,
el contrabajista Francis Pose –del trío
D’3-, el violonchelista Nicasio Moreno u
Oliver Sierra a la mandola y el tres cubano. Aunque
también hay momentos para el recogimiento
que, según avanza Casares, va a ser su
siguiente escalón. Y a solas se queda con
la guitarra en la malagueña y en ‘Caballero’,
una taranta dedicada a su padre que da título
a un disco que aporta vitaminas y aire fresco
al panorama actual del toque.