Chicuelo |
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Hace siete años que Chicuelo
no grababa en solitario. Y tras aquel disco
debut ‘Cómplices’, es mucha
la música que ha ido concibiendo. En
paralelo a su incesante labor acompañando
a grandes del cante actual como Duquende
y Miguel
Poveda, ha fraguado una de las más
interesantes personalidades del toque. El primer
plano de este trabajo discográfico lo
ocupa la guitarra, que suena clara, viva, convincente.
Tiene el don de la legibilidad y de lo que podría
llamarse sensualidad musical, una manera de
persuasión natural, un atractivo sensorial.
A Chicuelo le suena fácil lo difícil.
Y el oyente puede quedarse en un primer plano,
del todo gratificante, o profundizar hasta apreciar
todos los matices y la dimensión de este
músico. Los fandangos ‘Tomodachi’,
dedicados al tantas veces compañero Shoji
Kojima, son toda una declaración de intenciones,
un principio de viaje contagioso y eterno. Casi
sin respiro, vira a rítmica de tangos
por medio de una voz ‘acamaroná’,
la de Salao, y de unos cantarines arreglos de
cuerda. Y se queda ‘A la deriva’,
pero con rumbo fijo. El bajo de Carles
Benavent hace de brújula.
La bulería ‘Somorrostro’
despega con vuelo rasante, para recrearse en
el soniquete de aire jerezano. Guitarra, palmas,
caja, jaleos. En ‘Crema catalana’
cambia de tercio... pero sólo para despistar.
Lo que comienza como una balada, se destapa
como una rumba chispeante, con una fiera actitud
que azuza la batería. Aunque no se sabe
cómo, conserva la dulzura. Ahora sí,
nana. ‘Diego’ es un tema que se
mece, arreglado a lo jazz con la trompeta de
Raynald Colom y el contrabajo de Rai Ferrer.
Las voces de Londro y Mónica Navarro
adoban con gusto el tema por fandangos de Huelva,
en el que la guitarra campa a sus anchas en
paralelo a la viola de Elisabeth Gex.
También es ella quien dobla la guitarra
en la bulería ‘A tres’, una
pieza de rica dinámica que atestigua
la personalidad contundente del tocaor. La soleá
por bulería ‘El Mirador’
tiene la templanza y la flamencura que demanda
el palo, dejándose la guitarra arropar
sutilmente, y sólo a ratos, por voces,
percusiones y vientos. Ya en la recta final
del disco, la colombiana ‘Sambiana’
se presenta como un divertimento, lleno de piruetas
y figuras aéreas. Aunque al final, el
aterrizaje lo asume la guitarra en solitario
con la granaína ‘Alalhambra’,
un espacio de intimidad, de sobriedad, de recogimiento,
donde se personaliza y se actualiza la tradición.
‘Diapasión’ es, como Chicuelo,
un imprescindible.