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Chocolate
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Chocolate, "Mis 70 años con el cante"
Alberto García Ramos

"Recuerdo con tristeza un Flamenco grande y universal". La palabra de don Antonio Núñez Montoya se hinca como faca que defiende la verdad suprema en las tripas cabales. Cuánta razón. Se está quedando solo, solito y sin amparo en los anales del arte. Setenta años después de su primer grito, Chocolate, el de los tranvías fandangueriles con evocaciones al Calzá, al Bizco y al Camas, lanza una proferta que, al tiempo, será tomada como fundamental e inquebrantable cuando le alcance el ocaso.

La manera de templarse por seguiriyas, abriendo el zaguán de su disco a la jondura más inefable, tiende a extinguirse. Ya pocos encuentran en el legado de Manuel Molina de Jerez motivos para inspirarse y engarzar los tercios hasta la extenuación, dejando la respiración para cuando Dios quiera. "Yo no soy de esta tierra ni conozco a nadie", sentencia el maestro. Su cante no forma parte del universo de la normalidad, el macho de Curro Durse no está contemplado en la jondura de este tiempo. Los fandangos, ya sea con más o menos "cortura", no existe en el mundo otro que los haga cante grande desde el ayeo, para sablazo certero al mairenismo descalificador. El que quiera que venga y los cante igual. La soleá de Tomás, mecida entre Alcalá y Jerez, abre la puerta de una terrible malagueña hilvanada con el oro de Chacón y el Mellizo.

Antonio se deja el pellejo en el estudio, anhelando legar a la historia un documento enorme, paradigma de otro flamenco que expira. Es imposible describir la clase con la que el Chocolate baja a la mina y alumbra con su carburo al taranto más doliente, ido de compás, pero afinado sobre esa forma de impostar la voz nasalmente que abre las llagas que más duelen en el recuerdo. Viejos tiempos levantinos. El Loco Mateo vuelve luego por penas, que no por seguiriyas, y certifica en la voz de Antonio hacia donde camina hoy el cante, hacia donde caminaba ayer. Con el trantrantrán martilleando sobre el yunque, la toná dice adiós. La fragua ya no forja metales. Pero antes de que se eche el cerrojo a una etapa, aquí queda esta prueba sonora de la grandeza pasada, el aval de un cantaor que en el final de la carrera se ha decidido a dejar para la posteridad una soleá alfarera de Triana parida desde el mismo Zurraque, acudiendo a los graves con soberana majestad, machacando los agudos con inusitada suavidad. Que Dios ponga la mano de la eternidad sobre el hombro de don Antonio. También la estará poniendo sobre los pilares del cante.



Chocolate
"Mis 70 años con el cante"

 

"Antonio se deja el pellejo en el estudio, anhelando legar a la historia un documento enorme"

 
 
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