| "Recuerdo
con tristeza un Flamenco grande y universal".
La palabra de don Antonio Núñez
Montoya se hinca como faca que defiende la verdad
suprema en las tripas cabales. Cuánta razón.
Se está quedando solo, solito y sin amparo
en los anales del arte. Setenta años después
de su primer grito, Chocolate, el de los tranvías
fandangueriles con evocaciones al Calzá,
al Bizco y al Camas, lanza una proferta que, al
tiempo, será tomada como fundamental e
inquebrantable cuando le alcance el ocaso.
La manera de templarse por seguiriyas,
abriendo el zaguán de su disco a la jondura
más inefable, tiende a extinguirse. Ya
pocos encuentran en el legado de Manuel Molina
de Jerez motivos para inspirarse y engarzar los
tercios hasta la extenuación, dejando la
respiración para cuando Dios quiera. "Yo
no soy de esta tierra ni conozco a nadie",
sentencia el maestro. Su cante no forma parte
del universo de la normalidad, el macho de Curro
Durse no está contemplado en la jondura
de este tiempo. Los fandangos, ya sea con más
o menos "cortura", no existe en el mundo
otro que los haga cante grande desde el ayeo,
para sablazo certero al mairenismo descalificador.
El que quiera que venga y los cante igual. La
soleá de Tomás, mecida entre Alcalá
y Jerez, abre la puerta de una terrible malagueña
hilvanada con el oro de Chacón y el Mellizo.
Antonio se deja el pellejo en
el estudio, anhelando legar a la historia un documento
enorme, paradigma de otro flamenco que expira.
Es imposible describir la clase con la que el
Chocolate baja a la mina y alumbra con su carburo
al taranto más doliente, ido de compás,
pero afinado sobre esa forma de impostar la voz
nasalmente que abre las llagas que más
duelen en el recuerdo. Viejos tiempos levantinos.
El Loco Mateo vuelve luego por penas, que no por
seguiriyas, y certifica en la voz de Antonio hacia
donde camina hoy el cante, hacia donde caminaba
ayer. Con el trantrantrán martilleando
sobre el yunque, la toná dice adiós.
La fragua ya no forja metales. Pero antes de que
se eche el cerrojo a una etapa, aquí queda
esta prueba sonora de la grandeza pasada, el aval
de un cantaor que en el final de la carrera se
ha decidido a dejar para la posteridad una soleá
alfarera de Triana parida desde el mismo Zurraque,
acudiendo a los graves con soberana majestad,
machacando los agudos con inusitada suavidad.
Que Dios ponga la mano de la eternidad sobre el
hombro de don Antonio. También la estará
poniendo sobre los pilares del cante. |