|
Lole renace. ‘Ni el oro ni la plata’,
el segundo disco en solitario de la cantaora,
rescata del ostracismo a una de las principales
y más carismáticas voces del flamenco,
a una de las artífices de la renovación
del género. Y la muestra absolutamente
vital y en perfecta forma, en un trabajo consciente
de la forma y del fondo. No renuncia a Lole
y Manuel, ni al flamenco árabe, ni
tampoco a la oración. Además, apuesta
fuerte por la canción aflamencada con contenido,
con forma musical y con amplio espacio para la
voz, para esa voz tan suya, tan deliciosa, tan
fundamental. La foto de portada -con la artista
sonriente, con los brazos abiertos, mestiza en
el vestir- es el resumen gráfico de este
renacimiento.
La cantaora sevillana sigue alimentando
el dúo que revolucionó hace ya varias
décadas el rumbo del flamenco. Así
que es Lole sola, pero no del todo. La cantaora
no se desprende de su mitad, de Manuel Molina,
con quien comparte varios temas. Uno de ellos
es ‘Cantaba el mar’, una canción
que rememora el inconfundible sello que la pareja
creó en el disco ya histórico ‘Nuevo
día’. Y otro es la versión
de ‘La nana de la cebolla’ del poeta
Miguel Hernández. La guitarra seca, entrecortada
de él; y la voz desnuda, casi lírica
de ella, proporcionan un envoltorio profundísimo
al poema ya antes aflamencado por Enrique Morente.
Tampoco abandona el mestizaje
del flamenco con la música tradicional
árabe, con un resultado exquisito, fluido,
natural. Ocurre en ‘Binti jamila’
(niña hermosa), un tema creado por ella
misma que dedica a su hija Alba Molina, “mi
princesa” (ahora miembro del trío
Las Niñas). Conjugando las entonaciones
y giros del cante flamenco y de los cantos norteafricanos,
conduce esta canción por tangos, dicha
en español y en árabe. Y para darle
sonido, cuenta con un cuarteto árabe tradicional
formado por canún, darbuka, pandereta y
violín, más la guitarra flamenca
de Manuel Molina. La fórmula se repite
en ‘Tercera generación’, una
bella canción cuyo principal interés
radica en el encuentro de las voces de Lole, su
hija Alba Molina y su madre Carmen Montoya ‘La
Negra’. Como novedad, se atreve en este
disco con la tradición hebrea, con la canción
‘Baile en las montañas de Judea’,
compuesta e interpretada al cimbal por el músico
y pintor rumano Dino del Monte.
Y aún quedan muchas más
‘Loles’. La artista despliega sus
múltiples facetas cantaoras y cantantes
en un variado y rico repertorio de canciones,
más o menos emparentadas con los cánones
flamencos y de muy distinto carácter tanto
en el continente, como en el contenido. No en
vano, según comenta la cantaora, “después
de ‘la mariposilla’ no puedo cantar
cualquier cosa, lo superficial no me llega”.
De claro cariz festero está la de pegadizo
estribillo ‘Ni el oro ni la plata’,
firmada por Juañares. Las demás
tienen quizás un talante más íntimo,
más sosegado y con mayor interés
en el mensaje. En este grupo caben ‘Semejantes’,
un canto a la igualdad que combina la balada con
el estribillo por rumbas; ‘Primero el hombre
poeta’, también de Juañares,
un tema cercano al pop más acaramelado,
adornado con arreglos de cuerda y propicio para
la voz alada de Lole; y ‘Soledad’,
un tema de Rubén Aguiar con versos dichos,
casi a modo de cantautor. A ello se suman dos
temas que podrían calificarse de oraciones
cantadas: ‘Maestro’ y ‘Honor
de lord’, ésta grabada en directo
con los jaleos de la familia Montoya. Hay, en
definitiva, para elegir entre todas esas canciones,
entre todos esos estilos, entre todas esas músicas,
entre todos esos lamentos, esas reivindicaciones,
esas alegrías, esos rezos. Vuelve Lole,
madura y joven, con todas esas cantaoras y cantantes
que su garganta guarda... Y sería pecado
perdérsela.
Más información:
Entrevista
a Lole, cantaora (marzo, 2004)
Reseña
y fotos. Lole. Fe
|