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Nada menos que los sombríos acordes, con ese
armónico insufrible, de la rondeña de Ramón Montoya, una
de las magnas composiciones de este arte, abren 'El pequeño reloj' (EMI-Virgin,
2003). Luego se suman a la fritura de pizarra las voces oníricas de Estrella
y Enrique
Morente, saturando de sugerencias una pieza ya de por sí sugestiva.
Por que es Morente, por que lo conocemos, es por lo que no nos atrevemos (así,
en público) a sobrecogernos. A fin y al cabo, dice la gente, es un genio.
'El pequeño reloj' es una reflexión de un
intérprete maduro, en la plenitud técnica y vital, sobre su arte.
Y sobre el paso del tiempo. Un disco conceptual y abierto que dialoga con el pasado
("lo que no es tradición es plagio") y que mira hacia adelante.
Las añejas guitarras de pizarra de Ramón
Montoya y Manolo de Huelva. Las máquinas 'dance' programadas por Carlos
Jean. Entre estos dos extremos giran como en un inmenso cajón de sastre
cosas nuevas y viejas de este arte y de este artista. Textos y músicas
cultas, de León Felipe a Beethoven, florituras de cuño marchenero
en la voz del padre y de la hija, cantes clásicos, incluso extintos o absolutamente
inéditos como la policaña. Los aires caribeños de Jerry González
y de Caramelo. La vanguardia del baile flamenco: los pies de Israel
Galván. Las guitarras de Tomatito y de Sabicas. Referencias a la realidad
más inmedita: un alegato contra las armas improvisado en las sesiones de
grabación que coincidieron con el inicio de la invasión a Irak.
Nadie da, ni de lejos, tanto hoy día en este arte.
Lo mejor con todo es el carácter abierto, espontáneo, disperso.
Es lo propio del arte de nuestro tiempo. Se acabaron las obras cerradas, los novelones
decimonónicos, las sinfonías de Brahms. La realidad, esto es el
arte, de nuestro tiempo, es fragmentaria, incongruente, fantasmal. Obra en marcha
que alcanza su condición de obra maestra, su mayor perfección, en
su carácter inacabado. Global y fragmentaria, multidisciplinar y contradictoria.
Ya decimos, como los tiempos.
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