
| David Palomar, 'Trimilenaria' |
|
Martín Guijarro, septiembre de 2008
David
Palomar debuta gaditanamente. El cantaor del Barrio de la Viña
tira de la historia, las voces y los sabores del vecindario. Como
hacen todos los que empiezan (que dicta la norma no escrita), se
esfuerza en demostrar que conoce las bases y que tiene experiencia.
Y algo más tímidamente, deja caer algún tema
próximo a estos tiempos. Entre ambos bandos se debate el
disco, que sigue la tendencia de la autoproducción. Sólo
así jóvenes valores del género pueden hacerse
actualmente con una carta de presentación. La de Palomar,
plantea buenos presagios.
En el disco, la tradición
tiene mucho peso. David se ha dado el gustazo de grabar, con su
voz de ahora, seguiriyas, soleá, malagueñas, alegrías
y unos fandangos con toque personal. Alude para abordar estos cantes
a referentes como Manuel Torre, como Curro Durse, como Enrique
el Mellizo, como El Rubio el Viejo, como El Niño del
Mentidero o como Enrique Morente. Ah, y Macandé, de quien
retoma su pregón ambientándolo en una tarde de toros.
Y, para este apartado añejo, ha contado con guitarras de
solera. La de Moraíto Chico y la de Rafael Rodríguez.
Aunque lo que abre ‘Trimilenaria’
tiene otro rollo. El tema que da título al disco va por tangos
y está adobado en la línea cercana al pop que impuso
en su día Camarón de la Isla. Con su estribillo, sus
coros, sus bajos eléctricos, sus percusiones y su cante sólido
paseándose pegadizamente. Así son también las
bulerías a La
Paquera de Jerez, pero con un interesante rapeado a compás
en la línea de Diego Carrasco o de Tomasito.
Por bulerías va también
la sedosa canción ‘La calle Priego’, con toque
de otro nuevo valor, Santiago
Lara. Por tangos va ‘Miradas perdidas’, tema de
aire moruno dedicado a los ‘espaldas mojadas’ del Estrecho.
Por cierto que las letras son casi todas del propio Palomar, sencillas
pero personales... algo que se agradece en un panorama de infinita
repetición de los versos populares clásicos. Y como
no podía ser menos, todo acaba a compás de nudillos,
con una fiesta en un sitio clave: Casa Manteca. Vuelta a la esencia
en un trabajo que, sin posicionamientos claros, sienta bases y desvela
aspiraciones.
|